El agua ha sido desde siempre, o al menos hasta donde llega la memoria de la humanidad, la incansable compañera de casi todas nuestras comidas. A lo largo de la historia han aparecido brebajes que le sirvieron de acompañante, que varían con los años o la moda y hasta incluso la empañan, haciéndonos creer que es algo aburrido, sin olor, sin color y sin sabor. Pero no caigamos en equivocaciones, que el agua también tiene lo suyo. 
Dependiendo de sus características, los distintos tipos de agua pueden variar el sabor de nuestras comidas y nuestras bebidas. Así por ejemplo, las aguas carbonizadas neutralizan la acidez y las que no tienen gas sirven para limpiarnos la boca.
Agua y Vino
El agua sin gas es ideal para todos los tipos de vinos blancos, aunque si son añejos, el agua con gas ayudará a mantener el sabor final en la boca.
Para vinos rosados livianos y vinos dulces, un agua finamente gasificada es la compañera perfecta.
Para los rosados más fuertes, requeriremos un agua con gas más potente, para eliminar el ácido y dejar el paladar limpio. Este mismo tipo de agua es la que se debe utilizar para vinos tintos de estructuras fuertes como Merlot o Cabernet Sauvignon.
Un agua para cada comida
Para notar el efecto que los distintos tipos de agua tienen en las comidas, lo aconsejable es cambiar de agua cada vez que cambiamos de plato. Para ensaladas de hojas verdes, lo ideal es utilizar aguas con una gasificación tranquila. Para platos que contengan frutos de mar, apelamos al agua sin gas, porque al no haber presencia de burbujas, las papilas gustativas se focalizan más en el sabor del plato. Para platos principales que tengan carnes como protagonistas (ave o carnes rojas por ejemplo), lo mejor es utilizar aguas de leve carbonización. Para los platos finales (postres y dulces) el agua sin gas es la mejor opción.
Maridajes Especiales
Lo más aconsejable es jugar: animarse a mezclar texturas e investigar con los contrastes. Empero, existen combinaciones que pueden ayudarnos a empezar: para aperitivos lo mejor es el agua finamente gasificada; para sopas, cremas, ensaladas, embutidos y quesos, pescados, mariscos, aves y carnes blancas, arroces, sushi, sashimi, lo ideal son aguas de baja mineralización que ayuden a resaltar las notas propias de cada comida; el agua sin gas es perfecta para postres dulces.
Podemos experimentar la mezcla y la combinación que más nos apetezca, lo importante es tener en cuenta que lo ideal es ir de menor a mayor complejidad en estructura.
